Idolatría y especialismo

Son muy pocas las relaciones maestro-alumno que escapan completamente al engaño y la manipulación que entrañan la idolatría y el especialismo. Pero para comprenderlo claramente es necesario primero identificar los síntomas de ambos comportamientos, que en el fondo son diferentes aspectos de la misma creencia: la culpa. Es importante recordar que el engaño siempre ocurre primero como consecuencia de dejarse confundir por las formas, sin prestar demasiada atención al fondo.

En este caso, el hecho de que alguien tenga algo que exponer ante un auditorio genera en la mente la ilusión de que, por ese simple hecho, esa persona posee algo de lo que los otros carecen. Partiendo de este punto y teniendo en cuenta que la mente que ha creído estar separada tiene una gran necesidad de consuelo y satisfacción, es muy fácil comprender que se proyecten todo tipo de fantasías e ilusiones sobre quien parece tener eso de lo que se carece.

Lo que ocurre a partir de entonces puede suponerse. La mente del alumno, habiendo dado por sentado que el maestro es especial, va a querer apropiarse de ese especialismo para sí, y requerirá de él la atención, el amor, la dedicación o el tiempo que considera justo para "equilibrar" la diferencia que ha imaginado existe entre ambos. 
 

Una manera típica que el ego del alumno utiliza para manipular la atención del maestro es el halago personal, la admiración y la exagerada defensa de sus métodos particulares ante los métodos que otros maestros pudieran utilizar. El maestro se convierte en el héroe que por fin ha venido a colmar todas sus necesidades y anhelos. Cada palabra que dice es sagrada y el camino inevitable hacia la salvación. Nada se pone en duda. Nada se cuestiona, aunque esto no significa que el alumno lleve a cabo las indicaciones que recibe. Si el maestro es un verdadero maestro, dará indicaciones que lleven a la mente de su alumno a liberarse del especialismo, y no a hundirse más en él. Esto será rápidamente interpretado por el alumno como una amenaza de manera inconsciente, y pasará por alto la indicación, puesto que llevarla a cabo significaría una mayor pérdida para él. De esta manera parece haber comprendido algo, pero no es así. Como cree en las formas, sólo parece haber comprendido, y asiente ante lo que se le dice sin haber pensado seriamente en ello. Este tipo de relaciones son relaciones dementes que parecen cuerdas. A veces esta demencia es compartida por el maestro, cuando éste está tan necesitado de amor como su alumno. 

Las peticiones absurdas, las demandas de atención y los intentos de hacer del maestro un cómplice de la locura son interminables y abarcan todas las formas imaginables. El ego es obstinado, y tiene una razón para intentarlo de una manera tan incesante, puesto que le va la vida en ello. Éste seguirá intentando por un tiempo esa estrategia inconsciente de manipulación, y si el maestro no comparte el desvarío, a la larga será percibido como un enemigo. 

A partir de ese momento el ego del alumno ya no encuentra más motivos para seguir ocultando la verdadera intención que tenía desde el principio, que era el ataque abierto y despiadado hacia quien percibía como una amenaza, ya que el ego siempre percibe como una amenaza a un maestro de Dios como consecuencia de sus juicios e interpretaciones. Es entonces cuando el ego agudiza su "visión" selectiva para encontrar testigos de lo único que desea ver, que no es otra cosa que la profunda culpabilidad que le invade. Y lo que antes eran cualidades dignas de admiración para él se tornan ahora en motivos para emprender un ataque en el que pueda encontrar la mayor cantidad de aliados posible. Y los busca incansablemente, a veces a través de comentarios "bienintencionados", de simples "observaciones" y todo tipo de estrategias sutiles que impidan a su mente darse cuenta de cuál es el verdadero motivo que le mueve. Y quien inventó el pedestal más alto será el primero en querer echarlo abajo para hacer caer al "santo" que no le concedió sus "milagros" personales y privados, abalanzándose sobre él cuando caiga para tratar de destruirle. Y así, el que antes era el "Hijo de Dios sobre la faz de la Tierra", el "amoroso enviado de la luz", el que traía la "salvación" a una experiencia miserable, el "camino, la verdad y la vida", se convierte por obra y magia del ego en poco más que un enemigo despreciable. Y esta visión de su hermano no es suficiente para mostrarle que el maestro al que realmente estaba siguiendo era su propio ego. Puesto que nunca escuchó, nunca aprendió. Su objetivo estaba claro desde el principio, aunque él mismo nunca lo vio. 

La idolatría es tan sólo el intento por parte de quien se cree especial de proyectar ese especialismo sobre otro, poniéndole en un pedestal tan alto que le aleje de él, para de esa manera no ver que Dios crea en perfecta igualdad. En las mentes desequilibradas, la distancia entre la admiración y el ataque, entre el amor y el odio es tan sólo el ancho de un pelo, y puede alternar entre uno y otro estado con gran facilidad. Y esa alternancia entre una perspectiva y la otra debiera ser un síntoma suficientemente claro como para replantearse seriamente la dirección a seguir. 

Un maestro avanzado de Dios es consciente de todo este movimiento mental desde el principio, puesto que lo ha observado en su propia mente en su período de preparación. Al haberlo visto a la luz del Espíritu, lo ha dejado a un lado y no está condicionado por ello, aunque es consciente de cómo funciona. Por esta razón no participa de especialismos de ninguna clase ni es parcial con respecto a la relación que tiene con sus alumnos. La impecabilidad es la referencia que le guía en el trato con otros, especialmente teniendo presente que el ego no necesita motivos para llevar a cabo ataques de cualquier tipo. Pero estos ataques pueden ser deshechos más eficazmente en la medida que la enseñanza sea más clara y menos sujeta a interpretaciones equivocadas. 

Una vez deshecha la creencia de especialismo entre maestro y alumno, y una vez que se ha abandonado la idolatría en virtud de la verdadera amistad, tiene lugar un progreso mutuo que les llevará a ambos hacia una relación realmente santa, puesto que la necesidad de condenar al otro por razón de la amenaza que parecía traer consigo habrá desaparecido. 

 

Andrés Rodríguez





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